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No se halla relación entre el cáncer y un emplazamiento nuclear

Los que fueron expuestos a yodo 131 en el centro de Hanford hace décadas parecen no haber sido perjudicados

MARTES 30 de noviembre (HealthDayNews/HispaniCare) -- Las personas expuestas al gas radiactivo liberado por un centro de armas nucleares del estado de Washington durante la Guerra Fría no han experimentado, como sospechaban muchos, tasas más altas de cáncer de tiroides, según un nuevo estudio.

Los documentos gubernamentales hechos públicos en 1986 revelaban que, entre 1944 y 1957, los operadores del Hanford Nuclear Site en el suroriente del estado descargaron intencionalmente cantidades significativas de un gas que contenía yodo 131 (una forma radiactiva del elemento y un carcinógeno relacionado con el cáncer de tiroides) a los cielos que rodeaban la planta.

Los residentes que vivían en zona de Hanford y las áreas aledañas en esa época, a quienes ahora se les conoce colectivamente como "downwinders" (los del viento abajo), han presionado desde entonces para determinar los riesgos sanitarios potenciales, si los hay, de su exposición a la toxina.

La versión final de datos para la publicación, publicados hace seis años por primera vez, aparece en la edición del 1 de diciembre del Journal of the American Medical Association. Los hallazgos podrían ayudar a calmar la preocupación de algunos de los residentes, pero es poco probable que eso convenza a alguien que creció allí.

Hanford fue el mayor de varios centros construidos por el gobierno de los EE.UU. para ayudar a desarrollar y producir armas y materiales nucleares en los años 40, como el Proyecto Manhattan. El yodo 131 se produce durante una explosión nuclear.

El estudio, en el que participaron 3,440 residentes de la regi&ocuate de Hanford, no encontró ninguna evidencia que asociara la exposición al yodo 131 diseminado en el aire durante la niñez o juventud con un mayor riesgo de cáncer u otros trastornos de la tiroides para toda la vida. El estudio comparó las tasas de toda la vida de enfermedad de tiroides en las personas nacidas y criadas en el área de Hanford y expuestas a un nivel relativamente alto o bajo del contaminante durante esos años.

"Ciertamente, esta es una de las más completas investigaciones sobre exposición de este tipo jamás llevada a cabo", afirmó el investigador principal del estudio, Scott Davis, profesor de epidemiología del Fred Hutchinson Cancer Research Center y de la Universidad de Washington, ambos de Seattle.

Resaltó que ningún estudio epidemiológico puede garantizar una "prueba absoluta" de la falta de efectos carcinogénicos. Pero, añadió, "según nuestros cálculos, este estudio tiene suficiente poder estadístico para detectar efectos de una magnitud que uno esperaría ver con este nivel de dosis de radiación, si hubiera habido un efecto".

Sin embargo, otros permanecen más cautos. Jude Van Buren, epidemióloga del Departamento Estatal de Salud de Washington, nació en 1953 en Pasco, Washington, cerca al centro de Hanford y pasó los primeros 20 años de su vida en la región. También trabajó por mucho tiempo como miembro del Subcomité de Efectos de Salud de Hanford, un panel reunido por un colegio federal especial para representar a los ciudadanos potencialmente afectados por las emisiones de Hanford. Este comité fue disuelto oficialmente el otoño pasado.

Van Buren coincidió con que el estudio de $18 millones de Davis "usó las mejores herramientas que los científicos tenemos disponibles en estos momentos". Pero, aunque el grupo de estudio es grande respecto a la mayoría de estándares, dijo que "es aún muy difícil obtener un estudio epidemiológico de tamaño suficiente para comprender realmente cambios tan sutiles en individuos expuestos, en comparación con aquellos no expuestos".

Para complicar más el asunto, según Van Buren, está el hecho de que el estudio no incluye un verdadero grupo de control, individuos con absolutamente ninguna exposición al yodo 131.

"En el estudio, el grupo 'expuesto' se encontraba en los condados [alrededor de Hanford] que estuvieron fuertemente expuestos", explicó. "Y los conocidos como 'no expuestos' en realidad se encontraban en condados en que la gente estuvo expuesta, pero menos. Entonces, no se está comparando la falta de exposición con mucha exposición".

Van Buren también anotó que ciertos trastornos de la tiroides, incluida una disfunción llamada tiroiditis autoinmune, son notoriamente difíciles de diagnosticar, incluso para los especialistas de la tiroides.

"Pienso que en el momento en que se llevó a cabo este estudio, se sintió que éste era el estudio que decidiría que [la emisión de Hanford] no era un problema de salud", especuló. "Pero considero que hay muchos involucrados (como las personas que viven en la parte oriental de Washington o los que vivían allí en su juventud) que probablemente no lo crean. Yo misma no estoy segura de que no hubiera un efecto".

Otra cosa que tampoco ayuda es el legado de sospechas públicas. Documentos revelan que durante y después de la Segunda Guerra Mundial, el público tenía poca información sobre las actividades del emplazamiento de Hanford, el cual fue utilizado para reprocesar combustible nuclear para obtener plutonio para su uso en armas atómicas.

"El proyecto completo de Hanford era un secreto", dijo Van Buren. "En 1949, luego de la guerra, hubo una emisión intencional de yodo 131, un evento conocido como el 'Green Run' (secuencia verde). Lo liberaron en el ambiente, sabiendo que expondrían a la gente, sólo pare poder ver qué tan lejos se esparciría. Sabían que era peligroso, pero sintieron que era tan mínimo que no sería un problema".

"Estos registros no fueron publicados hasta 1986, así que es difícil confiar en el gobierno cuando se ha crecido en una zona en la que nunca se dijo la verdad", apuntó.

Davis reconoció que aunque los hallazgos son sólidos, dejarán a muchos residentes de Hanford con dudas permanentes. "Algunas personas se sintieron consoladas por éstos y se sintieron mejor al saber que no había un efecto importante y demostrable de la emisión de Hanford", dijo, "mientras que otros no se convencieron para nada".

Van Buren, cuya opinión no refleja la del Departamento Estatal de Salud de Washington, considera que los individuos expuestos deben permanecer cautelosamente optimistas y prestar atención a su salud.

"Pienso que uno de los beneficios reales de toda esta vigilancia, búsqueda y contacto con la gente es hacer que todos sean más conscientes del hecho de que hay cosas que deben monitorear, como su tiroides", dijo. "Hay que hacerse responsable de la propia salud, asegurarse de hacerse los chequeos que sean necesarios".

Más información

Para saber más sobre la emisión de la instalación de Hanford, vaya al Departamento Estatal de Salud de Washington.


Artículo por HealthDay, traducido po
FUENTES: Scott Davis, Ph.D., professor of epidemiology, Fred Hutchinson Cancer Research Center and University of Washington, Seattle; Jude Van Buren Ph.D., R.N., epidemiologist and assistant secretary, Washington State Department of Health, Olympia; Dec. 1, 2004, Journal of the American Medical Association
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