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Esta no es la primera vez: lecciones de la pandemia de gripe española de 1918

Policemen in Seattle wearing masks during the 1918 influenza epidemic. Photo: U.S. National Archives

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Reportero de HealthDay

LUNES, 20 de abril de 2020 (HealthDay News) -- El virus atacó con rapidez, provocando pánico, miedo y desconfianza mientras enfermaba a millones y acababa con miles de vidas. Y, ahora, más de un siglo más tarde, la pandemia de gripe española de 1918 ofrece una lecciones duraderas mientras el mundo está en las garras de la COVID-19.

"Las preguntas que hicieron son las preguntas que se hacen ahora", dijo Christopher Nichols, profesor asociado de historia de la Universidad Estatal de Oregón, en Corvallis. "Y aunque es muy poco común que la historia ofrezca una lección directa para el presente, este sí es uno de esos casos".

Los expertos señalan que 1918 ofrece cuatro lecciones clave.

Esta es la primera: aunque la pandemia actual sea devastadora, la pandemia de gripe española sigue siendo la peor de la historia en todo el mundo, por mucho, afirmó E. Thomas Ewing, profesor de historia de la Virginia Tech , en Blacksburg.

Cuando las tres olas de gripe española le dieron la vuelta al mundo entre 1918 y 1919, al menos 50 millones de personas murieron, entre ellas 675,000 estadounidenses. (En comparación, las pandemias de gripe de 1957, 1968 y 2009 acabaron con un total de 225,000 estadounidenses y 3 millones de personas en todo el mundo).

Esta es la segunda lección: hay diferencias clave entre la pandemia de 1918 y la de COVID-19.

"Entonces, ni sabían que era un virus", observó Ewing. "Había décadas de investigación sobre los microbios, así que comprendían que se transfería de una persona a otra a través de gotitas respiratorias, mediante la tos y los estornudos. Pero los virus no se descubrieron hasta los años 30, porque no tenían microscopios con la suficiente potencia".

Como resultado, las pruebas no eran solo difíciles de conseguir. Simplemente no existían.

La gripe española también era más contagiosa que la COVID-19, provocaba síntomas con mucha mayor rapidez, y era mucho más letal, comentó Nichols. Y a diferencia de la COVID-19, que plantea el mayor riesgo para las personas mayores, la gripe española atacaba a los jóvenes.

"Afectaba a todos, jóvenes y viejos", dijo Nichols. "Pero mató de forma desproporcionada a los más sanos de nosotros, al jugador de fútbol americano de 22 años, al más fuerte de los leñadores. Personas en la flor de la vida se derrumbaban, muy rápido. Entonces, el miedo que afrontaban las personas en otoño de 1918 tenía una calidad distinta".

La tercera lección: a pesar de esas diferencias, los paralelismos entre 1918 y 2020 siguen siendo llamativos. En ambos casos, no había vacuna ni tratamiento para la enfermedad, junto con un miedo primordial de que un sistema de salud abrumado podría colapsar.

Y esta es la cuarta lección: en ambas pandemias, la respuesta inmediata más efectiva era (y sigue siendo) el distanciamiento social, enfatizó Nichols.

"[En ese entonces] se denominaba 'control de multitudes'", comentó. "Pero con cualquier nombre, limitar los contactos funcionó en 1918, y funciona hoy en día".

Y mientras antes se implementan unos cierres y un distanciamiento social abarcadores, más rápido se puede controlar la pandemia, añadió Nichols.

Los que vivieron la pandemia de gripe española aprendieron esa lección por las malas, según Carolyn Orbann, antropóloga médica de la Universidad de Missouri, en Columbia.

"Al igual que todas las pandemias, en 1918 hubo una tensión entre la realidad biológica y la realidad socioeconómica", señaló. "La biología no es cambiable. Pero la conducta sí. Entonces, sí, el distanciamiento social sin duda alguna fue real en 1918, y donde se practicaba, funcionaba".

Pero debido al miedo, el pánico, la desconfianza, los intereses especiales, e incluso el puro aburrimiento, dijo Orbann, muchos tardaron en aceptarlo y se apresuraron a abandonarlo. Los historiadores observan las evidencias en las cartas escritas al mismo tiempo por las mismas familias.

"La mamá decía 'todos debemos ser pacientes, quedarnos quietos y esperar a que pase', y la hija decía que ya estaba harta de no tener escuela ni amigos, y que estaba planificando una fiesta de Halloween, justo cuando estaba muriendo la mayor cantidad de personas", explicó Orbann.

Esa tensión ayuda a explicar la ausencia de una respuesta federal temprana y contundente en 1918, según Nicholas y Ewing. En vez de ello, las autoridades le restaron importancia al riesgo e intentaron ganar tiempo.

¿Por qué? Algunos motivos son exclusivos de 1918. "La gripe española apareció durante una etapa fundamental de la primera guerra mundial", explicó Nichols.

Cuando se identificó el primer supuesto caso en EE. UU. en marzo de 1918 en una base del ejército en Kansas, hubo una inmensa preocupación de que las tropas enfermaran. La preocupación tenía un buen fundamento. El hacinamiento de los campamentos del Ejército era como una placa de laboratorio para la enfermedad, observó Orbann.

"Tal número de chicos... volvían en bolsas para cadáveres que al final fue casi imposible separar el esfuerzo bélico de la pandemia", dijo.

Y a principios, el gobierno federal tenía motivos para restarle importancia al brote de 1918, anotó Nichols. Las muertes por la gripe no eran muchas, se estaba realizando el primer reclutamiento nacional, y las industrias estaban nacionalizadas, y miles de tropas se dirigían al frente en Europa. "El foco estaba del todo en el último gran esfuerzo para acabar la guerra", explicó.

Entonces, el consejo de Washington, D.C. en ese entonces podría sonarle familiar hoy en día: que no cunda el pánico. No es gran cosa.

"Primero, le dijeron al público que no era un gran problema, o (como sugiere el nombre) que era una enfermedad extranjera que solo afecta a 'otros'", apuntó Nichols.

No fue hasta otoño, después de que surgiera una forma más virulenta de la gripe española, que Washington, D.C. se puso estricto. Mientras tanto, la ausencia de una respuesta federal "dejó a las ciudades y estados solos y tomando sus propias decisiones". Nichols dijo que muchos optaron por la economía en lugar de la salud pública, y que pospusieron el distanciamiento social, con resultados funestos.

Mientras ciudades como Seattle y San Francisco ordenaron a las personas que usaran máscaras si salían en público, muchas no lo hicieron. La ciudad de Nueva York nunca cerró las escuelas, al afirmar que estaban más limpias que las casas, aunque en octubre de 1918, cuando las muertes comenzaron a dispararse, muchas ciudades las cerraron.

Según Ewing, "hubo muchas incongruencias".

Dos estudios publicados en 2007 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences observaron el efecto de las medidas de salud en más de 15 ciudades en 1918, entre ellas las leyes sobre las máscaras, las restricciones de los horarios de los negocios, y el cierre de las escuelas, los teatros, las iglesias y los salones de baile.

Ambos estudios encontraron que las ciudades que actuaron más temprano y de manera más contundente (como St. Louis, que impuso un cierre casi total de la ciudad en un plazo de dos días tras sus primeros casos de gripe española) tuvieron unas tasas de mortalidad mucho más bajas que las ciudades que se arriesgaron, como Nueva Orleáns, Boston y Filadelfia.

El punto no es que el distanciamiento social sea una panacea total, sino que "durante una pandemia, la normalidad no existe", enfatizó Nichols.

Así que la lección de 1918 está clara.

"Si la salud pública es el foco principal, ni piense en ello", dijo Nichols. "La gripe española nos indica que el distanciamiento social funciona. Y funciona mejor si actuamos pronto, actuamos rápido y nos apoyamos entre todos, y basamos nuestras decisiones no en preocupaciones sociales o económicas, sino en la ciencia y los datos y los hechos".

Más información

Aprenda más lecciones de la pandemia de gripe española de 1918 en los Institutos Nacionales de la Salud de EE. UU.


Artículo por HealthDay, traducido por HolaDoctor.com

© Derechos de autor 2020, HealthDay

FUENTES: E. Thomas Ewing, Ph.D., professor of history and associate dean of graduate studies and research, Virginia Tech, Blacksburg, Va.; Christopher McKnight Nichols, Ph.D., associate professor of history, Oregon State University, Corvallis, Ore.; Carolyn Orbann, Ph.D., associate teaching professor and medical anthropologist, University of Missouri School of Health Professions, Columbia, Mo.

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